Familia, Mis presentaciones

Una búsqueda

Lo recuerdo bien, no tendría yo ni 12 años y me tocó dar mi primera intervención frente a público. Más de 80 adolescentes como yo y yo sin poder tener mucha claridad en la plática que había preparado antes. Un gran reto superado un poco por la labor previa y por la gentileza del auditorio que, a pesar de los pronósticos, se interesó en aquellos sencillos ejemplos que había podido construir. Dí mis primeros pasos dentro de una experiencia de actividad juvenil en un ámbito parroquial, adolescentes hablando a adolescentes, muy eficaz. Yo mismo no sabría hasta años después el impacto de esta sencilla platica en mi contexto futuro.

Hoy en día, cuando me presento ante las y los adolescentes, en diversos eventos, tiendo a recordar aquella primera ocasión en la que muchos ojos estaban pendientes de las palabras y gestos que pudieran salir de mi interior para tratar de articular alguna idea. En aquella ocasión los nervios presentes, tal como en las ocasiones actuales. Creo, sin embargo, que los nervios que pueden venirle al expositor no solo son necesarios, sino valiosos para ir puliendo la práctica de construir relatos y plantear a través de ellos algún aprendizaje. Para uno mismo y para otros.

Siempre ha sido para mí la adolescencia una gran etapa. Puede ser porque no la pasé de forma tortuosa, tuve la oportunidad de desarrollar entonces muchos talentos que de alguna manera fueron presagiando el camino personal y profesional que tomaría mi vida. Pero también es cierto que llevo casi 10 años dedicado a pensar en mensajes que debemos proyectar hacia esta etapa especial del desarrollo del ser humano. Etapa especial pero en ocasiones, en muchas ocasiones, prejuiciada, vilipendiada y despreciada. Los niños son siempre “más” adorables, los jóvenes más receptivos, pero los adolescentes, para muchos expositores que he conocido, son todo un reto a vencer como auditorio. Los adolescentes no solo son un reto para el contexto externo que les rodea, sino también es una época de cambios y adaptación para sus propias familias.

Recordaba estas ideas sobre adolescencia pues gracias a la gentileza del Instituto Noray para las Familias, pude impartir el día 25 de febrero, una pequeña sesión de 3 horas, con mamás que se preparan desde ahora para la adolescencia de sus hijas e hijos en primera y segunda infancia. Si bien el tema me exigía considerar el auxilio, en términos de orientación familiar, que debe proveerse al padre/madre de familia para enfrentar el reto, decidí redondear la intervención planteando que la Adolescencia es, sobre todo, una búsqueda. Y en ese proceso de rastreo y detección de aquella identidad que construiremos, el papel de nuestros padres y de nuestra familia es crucial ¡Debemos ser como un mapa, como una brújula, pero, sobre todo, como un muelle al que nuestras y nuestros adolescentes puedan regresar cuando sientan la tempestad de la vida y sus trajines! Es su búsqueda, cierto, pero no tienen por qué sentirse solos y abandonados.

Material utilizado en la sesión
Material utilizado en la sesión

En un clima por demás agradable, con un genial auditorio interesado en el tema y muy participativo, plantemos la importancia de encuadrar la adolescencia como una etapa de la vida del ser humano. Reconocimos que la vida humana es un camino que involucra áreas biológicas, psicológicas, sociales y espirituales, y que el adecuado equilibrio de dichas dimensiones permite acceder a la madurez.

Revisamos los postulados principales sobre la etapa de la adolescencia desde la perspectiva de tres teóricos del desarrollo que me parecen decisivos para una reflexión más profunda que la que podemos hacer en la vida cotidiana: las aportaciones de Erikson, Piaget y Kolhberg.

Analizamos desde la reflexión sobre el contexto de nuestra época actual los principales factores de riesgo y protección que nuestras y nuestros adolescentes experimentan en el camino que emprenden para conformar su identidad.

Por último, y como cierre de nuestra reflexión, analizamos el papel de papá y de mamá como agentes preventivos de riesgos y promotores del desarrollo en sus hijas e hijos. Meditamos sobre la comunicación y cómo mejorarla y concluimos que el principal obstáculo que tenemos los mayores, cuando nos acercamos a las generaciones más jóvenes, atraviesa por saber diferenciar, y valorar, nuestra adolescencia cargada en la memoria de nuestra vida y la adolescencia de nuestros hijos que están iniciando su propio camino. No es la misma adolescencia, aunque tenga puntos en común, no podemos resolver nuestros inconvenientes en su camino; debemos distinguir su primera crisis de identidad, de la segunda que nosotros hemos empezado a vivir como parte normal de nuestro propio desarrollo.

Terminamos con estas palabras de la Madre Teresa de Calcuta, que me parecen coronan la breve reflexión que pudimos construir:

Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.
Sin embargo…
en cada vuelo,
en cada vida,
en cada sueño,
perdurará siempre la huella
del camino enseñado.

¡Hasta la próxima y gracias por tu visita!