Educación

La soledad de la enseñanza

Imagen cortesía Pixabay /  Bairli1
Imagen cortesía Pixabay / Bairli1

Debido a mi colaboración constante con Fundación NEMI A.C., tuve la oportunidad de acudir los días pasados a un evento de formalización y sensibilización con profesoras y profesores del Sistema Educativo Estatal de Guerrero (no deja de ser simbólico que entre tantas noticias negativas en las últimas semanas, puedan existir espacios de luz en medio de la barbarie). Los objetivos de esta intervención se pueden resumir en habilitarles como “agentes preventivos” en la detección, seguimiento y monitoreo de casos de riesgo en adolescentes escolarizados. Un tema ciertamente apasionante y que dejaría mucha tinta posible a aplicar en este y en otros espacios. Fue una grandiosa oportunidad encontrarme con un buen grupo de profesionales interesados en su alumnado y en su institución educativa. Entre muchas reflexiones que he podido encontrar en estos días de provechoso trabajo, me he quedado meditando en la soledad de la enseñanza.

Conviviendo con estos profesores, escuchando sus necesidades, encontrando sus fortalezas y detectando, en conjunto, las áreas de oportunidad, me he podido percatar de lo solos que se encuentran aquellos profesionales que desean modificar las condiciones negativas de su entorno. Exigimos mucho a nuestros profesores, somos una sociedad crítica con ellas y ellos en cuanto profesionales de los que depende ciertamente el presente de las nuevas generaciones y, me parece que de forma condicional pero variable, el futuro de muchas y muchos adolescentes. No justifico a aquellos profesionales que, navegando con la bandera de falta de apoyo, reclaman estar en la balanza de medios, autoridades y los propios actores del proceso educativo (léase, alumnas y alumnos, directivos, otros docentes, y padres y/o madres de familia), pero me parece que como sociedad hemos abandonado a las y los profesores, a los que sí trabajan, a su suerte. Una suerte, como dice aquél poema de Benedetti, que no es mucha. Les hemos arrojado a los brazos, siempre condicionantes y complacientes de los sindicatos; a la indiferencia ocasional de los políticos, quienes les escuchan cuando les conviene o cuando pueden obtener algún beneficio electorero. Y al desprecio, en ocasiones inmerecido en otras justamente obtenido, del resto de los actores sociales.

Pareciera que pensamos que la profesión de profesor se parece mucho a la de sepulturero; y no por despreciar a quienes ponen lo necesario para nuestro último viaje. Entiendo en esto cierta analogía: ¡todo mundo sabe que les necesitamos, pero nadie, por temor o por cerrazón, quiere hablar de ellos y con ellos! Los profesores pintan en el panorama cuando protestan; solo hablamos de ellos, y de su causa, cuando ésta se nos atraviesa en bloqueos, en obstáculos para la rutina cotidiana.

La profesión de profesor, de profesora, se ha devaluado. Y no es ello solo responsabilidad exclusiva de su gremio; nosotros, como sociedad, tenemos parte en un camino que ha venido a ser una verdadera picada en el reconocimiento y en el aprecio. Hace algunos años ser profesor infundía respeto, ahora parece que es una profesión que en automático gana puntos en negativo; una descenso en espiral, cada vez más lejos y más profundo, en mala prensa que no parece frenarse pronto.

Sabemos los males que genera un mal profesor, pero no hemos aprendido a cuantificar los beneficios que generan cuando se comprometen con su labor. ¿Cómo medir en beneficio social a las y los profesores que cumplen con su parte? Ese es un verdadero reto para la investigación social y educativa. Un reto por demás urgente y necesario en un entorno devaluado. Considero entonces que es prioritario, no solo incentivar a las y las profesores que cumplen con su responsabilidad, a la par de frenar los abusos de quienes hacen mal su profesión, sino hacer patente que las profesoras y los profesores verdaderamente profesionales son constructores de nuestra patria.

Recuerdo aquella frase de Facundo Cabral, y la adapto a esta reflexión:

Si los malos profesores supieran lo bueno que es ser buenos profesores, serian buenos aunque fuera solo por negocio.

¡Nos vemos pronto!