Educación

La razón de ser de la educación

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En marzo tuve la dichosa oportunidad de compartir sesiones de trabajo con diversas audiencias. Un vaso comunicante entre ellas fue el ámbito educativo. Desde la reflexión del sector macro del sistema educativo, hasta la visualización misma del aprendizaje en el contexto de aula. En ambos universos, que en ocasiones se nos revelan como mundos enfrentados, encuentro mucho qué poder hacer.

Por un lado, tengo la dicha de participar, si bien no en ámbitos gubernamentales y de políticas públicas, en la conformación de iniciativas educativas que van encaminadas a mejorar el sistema; por otro lado, tengo también la inigualable oportunidad de efectuar mis clases semana a semana y desempeñarme, frente a diversos grupos en términos de similitud con el proceso de enseñanza y aprendizaje. En mi práctica profesional entonces, por designios que me rebasan, puedo aplicar teorías y demostrar hipótesis. Vivo entonces plenamente agradecido por poder trabajar en este tipo de actividades. Puedo hacer lo que me gusta y encuentro en ello un modo honesto de vivir.

Decía en el panel “Perspectivas y Sinergías respecto la Educación”, en el 3er. Encuentro con la Pedagogía de la Universidad Anáhuac, que es importante reconciliar la teoría y la práctica. Me parece que el pedagogo es el profesional que debe liderar esta cruzada, en la que muchos otros agentes educativos podemos participar de forma decidida. Un detalle importante, que probablemente por el tiempo me fue imposible precisar pero que quería compartir, en esta ardua batalla: ¡No es admisible perder de vista la importancia del encuentro personal en todo proceso de aprendizaje! Solamente en el encuentro personal, en el intercambio que produce conocimiento al transmitirse, podemos reconciliar estas trincheras que se nos presentan como equidistantes. Las personas somos los ejes que comunicamos y posibilitamos las actividades, las mejoras, los cambios, los logros. No hay acto más personal que el hecho mismo de educar, pues al enseñar y al aprender revelamos nuestra humanidad y la compartimos plenamente.

Por otro lado, en las diversas oportunidades de acercame a padres y madres de familia en el mes de marzo, respecto el papel ineludible que representan en el entramado educativo, he insistido en mis presentaciones (que han incluso resonado en este espacio en diversas entradas) en la necesidad de apoyarles desde los ámbitos sociales, gubernamentales, religiosos y eclesiales, inclusive desde el enfoque cultural, a descubrir “el deber”, “su deber”, a partir de la reflexión y de la consideración de lo que significa para ellos desempeñarse como “padres o madres”. Si los hijos, son nuestros hijos y los reconocemos como tales, ¿qué se espera de cada uno de nosotros? La familia, desde la perspectiva de ser padre o madre, de asumirnos como tales, es entonces un ámbito educativo que se revela como un proyecto en el día a día, en la cotidianidad de nuestra experiencia. Una valiosa oportunidad, también para hacer coincidir el mundo de las ideas y el mundo de las acciones concretas.

La educación como un proceso, me parece, para encontrar sentido en un mundo tan cambiante debe volver sus ojos a los objetivos mismos  dentro de todo un entorno que tiende a complicar, y en ocasiones, ocultar la trascendencia del ámbito educativo.