Liderazgo

Seamos clientes profesionales

Cortesía PixaBay.Com
Cortesía PixaBay.Com

La etiqueta “profesional” es una marca de valor. Hoy en día, en el mundo que nos ha tocado vivir, buscamos alcanzar este medio de desenvolvimiento para lograr objetivos y alcanzar éxitos concretos. Quien es profesional, aunque invierte tiempo, recursos y dinero en mostrarse de tal manera ante sí mismo y ante otros, tiene mayores probabilidades de sobresalir en la profesión o en el sector en que se desenvulve. En parte, hay que reconocerlo, esto sucede porque generalmente la mediocridad tiende a provocarnos bastante repulsión, aunque nos “engancha”. Todos, hasta los que no son profesionales, se quejan cuando algo les llega a “medias” o “no como se prometió”, pero pocos transforman la queja en algo más. La profesionalidad se revela como un atributo de valor añadido al servicio que contratamos o al producto que adquirimos, y necesitamos favorecer dicha característica en ambas caras de la moneda.

Hoy quiero reflexionar sobre la importancia de imprimir profesionalismo no solo a quien ofrece productos y/o servicios, sino a quien los adquiere. Creo que es necesario acuñar el concepto de “clientes profesionales”, y para ello reviso los beneficios y los obstáculos que rodearían a esta actitud a potenciar tanto por quienes compramos o necesitamos servicios, como en quien los facilita.

Entiendo por “cliente profesional” a aquella persona que, al momento de adquirir y utilizar un producto o contratar un servicio, es capaz de analizar de forma crítica tanto lo que se le ofrece, como el uso que podría dar a aquello que está por consumir o que de hecho ya consume o utiliza.

No es un mero “comprar inteligente” o un “consumo responsable”, aunque suponga ambos conceptos. Es un cliente que, de forma activa ante su proveedor, participa en el proceso mismo de compra/adquisición valorando cada parte del proceso mismo, que puede incluso agregarle valor mediante retro-alimentación; de igual forma, una vez adquirido el servicio o el producto, el cliente no “desaparece” con la rapidez supuesta del entorno del proveedor y de lo que ha consumido. Así como participó en el proceso de compra, participa de forma crítica y consciente ya como usuario/dueño y comparte ante el proveedor, y otros potenciales clientes, su experiencia.

No hablo solo de un cliente que se fideliza a una marca, servicio o producto. Hablo de un consumidor “inteligente” que en todo momento reconoce la debida distancia entre quien vende y entre quien compra,  y que mide, por el mismo extremo, el retorno de este movimiento: entre quien compra y quien vende. Me parece que la era actual, la tecnología, la comunicación y la información al alcance de la mano, ha facilitado el surgimiento del nuevo tipo de cliente del siglo XXI.

¿Por qué razones sería importante convertirnos en “clientes profesionales? 

Si me lo preguntas a mí, creo que por muchas. Te presento algunas que pueden ayudarte a que tú mismo respondas la pregunta de acuerdo a tu experiencia. Proceder de esta manera me parece que:

  • Facilita la discusión personal entre los “deseos” y las “necesidades”, rompiendo con el esquema acostumbrado de la publicidad que homogeneiza y no respeta diferencias de criterio.
  • Favorece el conocimiento detallado de lo que se adquiere o se piensa consumir. Una revisión exhaustiva de contratos, políticas, condiciones, garantías viene bien con un cliente que se precie, por lo menos, de responsable. Pero es una exigencia de quien asume cada compra o contratación con el aire que la profesionalidad requiere.
  • Cuida y valora la economía personal y familiar; parte de la realidad financiera, del trabajo y tiempo invertido en ganar cada uno de los pesos con que se pagan los productos; se esmera, a veces no de forma agradable, en procurar que quien es proveedor comprenda el valor que para el cliente representa cada peso invertido/pagado o entregado.
  • Logra reconocer, con objetividad los beneficios recibidos por el bien o servicio adquirido, y se compromete a continuar como un usuario activo (pagando por ejemplo las cuotas o los pagos acordados en tiempo y forma) pero no por pura obligación sino por decisión y/o convicción personal.
  • Comparte fácilmente la experiencia que como cliente/usuario ha tenido, aprende a elogiar lo que merece justo elogio y denigra aquello que le ha provocado insatisfacción. Convirtiéndose en un testigo presencial de lo bueno y, hay que tenerlo presente, de la percepción negativa que el servicio/producto, por diversas razones, pudo haber causado.

¿Cuáles son los obstáculos para ser clientes profesionales? 

También me parece que, en un mundo dinámico y rápido como el nuestro, existen algunos inconvenientes para transformarnos en clientes que se asumen, con rigor, como tales. Algunos son:

  • El escaso tiempo. Convertirnos en clientes profesionales requerirá, además de la inversión económica, la inversión de tiempos. Tiempo para pensar sobre la compra y sus implicaciones, tiempo para conocer las condiciones. En la lucha diaria de la agenda, debemos acostumbrarnos a darnos tiempo para analizar nuestro “ser-cliente”.
  • Escasa preparación entorno a la era digital. Navegar y utilizar las redes de forma adecuada puede fortalecer nuestro papel de “cliente profesional”; no disponer de información sobre el producto/servicio, o bien tener una opinión que no puede compartirse y aprovecharse, supone pérdidas personales y sociales.
  • Más vale mediocre conocido, que esforzarnos en encontrar algo diferente. A veces accedemos a “dejar pasar fallas en los proveedores” como un mal menor, pues negarse a un servicio o producto, que presenta dudas e inconvenientes, implicaría el tiempo de volver a buscar y encontrar lo que necesitamos en el mercado. Y pensamos, más de una vez, que todo lo que se ofrece es igual de malo y deficiente. Pensamos incluso que podríamos encontrar algo peor de lo que ya de por sí es sumamente inconstante. Un círculo vicioso que favorece y alimenta la mediocridad. Un proveedor mediocre siempre tendrá clientes mediocres, un cliente mediocre siempre tendrá a la mano servicios deficientes y productos que no son capaces de responder, con plenitud, a sus necesidades. Ser profesional implica romper este círculo, y me parece un enfoque de responsabilidad en ambos lados de la ecuación. Tanto quien necesita como quien satisface, tanto quien vende como quien compra.

La responsabilidad entonces, en esta lucha por ser un “cliente profesional” parte de uno mismo. Te lo digo porque yo, al revisar mi experiencia, me he dado cuenta que en muchas de las ocasiones me he dejado seducir por los obstáculos y he perdido muchos de los beneficios de esta actitud. Porque no he sido un “cliente profesional”, y eso ha tenido consecuencias en mi vida práctica, es que estoy cada vez más convencido que debo serlo. Si lo pensamos un minuto es una verdadera cruzada, ¿te animas?

¡Espero tus comentarios sobre estas ideas!

¡Hasta la próxima!