Educación

Educadores como agricultores y algunas preguntas

Cortesía Pixabay
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Ya he comentado alguna idea de forma previa sobre este asunto, (El Mito de la Rapidez), pero hay mucha tela para cortar; el mundo de hoy quiere que giremos a su velocidad, está a punto de romper la barrera del sentido (sí, lo dije bien, del sentido). Cuando todo gira, y se mueve tan rápido, lo primero que se agolpa en nuestra comprensión es precisamente la ubicación y el sentido: ¡es tanta la confusión que no sabemos en el instante de dónde venimos y hacia dónde vamos!

Este mundo agitado y revolucionado a marchas forzadas casi siempre produce vértigo. No todos podemos fluir como el mercado, el consumo, el dinero, y el materialismo en general, desea que nos “activemos” pero es cierto que vamos bailando al son que nos tocan. La educación es uno de esos campos en que se buscan “resultados inmediatos e impactantes” hoy en día, y el chasco, de los economistas y proyectólogos que se meten a ser “educadores”, es que la educación se parece mucho a la agricultura. Depende de ciclos, de insumos de calidad, del contexto climático, en ocasiones, de las propias semillas, en otras de la tierra donde se siembra, pero siempre, he ahí su desgracia y su victoria, depende del TIEMPO. El agricultor desespera al sistema productivo, su arte rompe con el molde de progreso actual (la idea de inventar semillas y alimentos transgénicos nos revela esta realidad de cierta “necesidad inmediata”), y es visto, en muchas ocasiones, como un trabajador molesto ante la modernidad y desde la modernidad. Sin embargo, su labor es la base de todo lo demás que puede, debe y necesita construirse en el entramado social. 

Las personas no somos materia prima es cierto, pero somos un capital humano indispensable para el sistema productivo. Así como el agricultor, a través de su arte paciente y disciplinado, es capaz de levantar una cosecha, así los educadores necesitan tiempo y adquirir hablidades completas para apoyar el surgimiento de una nueva generación de capital humano que active todo el ámbito profesional, laboral y de actividad productiva del que se nutren las modernas ciudades y los ambiciosos proyectos económicos.  La bronca es que nuestras últimas cosechas generacionales, en términos de talento y capacidades, no ha traído mucha capacidad.

Así como se ha dicho por generaciones que el “campo está en crisis”, así también solemos expresarnos respecto el ámbito educativo. Pareciera entonces que vivimos una crisis más bien estable. Un resfriado permanente. Un alterarnos porque siempre estamos alterados. Todo mundo, hasta el menos conocedor del tema, tiene como parte del léxico común un cierto número de frases prefabricadas para compartir con comensales, asistentes a reuniones, o incluso en el ámbito familiar, cuando ya no hay nada más que decir. La educación, como la agricultura, son temas que uno saca para “hacer conversación”. “Los maestros”, “los libros de texto”, “el programa de estudio”, “el calendario” , “la calidad de la educación”, “los líderes sindicales”, “el pobre nivel educativo”, “necesitamos reforzar los valores”, son los grandes títulos y subtítulos de nuestros acercamientos al “debate” educativo, conversaciones hechas para quedarse en plática, acciones ausentes de apego a la realidad que nos apremia.

Ya he mencionado que como sociedad, guste o no, hemos dejado a los profesores a la deriva (La Soledad de la Enseñanza). Y es uno más de los “gremios” que vamos excluyendo a su propia suerte, que, como dice el Poema de Benedetti, “no es mucha”. Los agricultores han sido los primeros excluídos, ahora los profesores. Sospechosamente, un número creciente de médicos ya despachan más con criterios economicistas que con orientaciones profesionales y criterios humanos a sus pacientes. La crisis hizo metástasis. Cáncer omnipresente. 

¿Cómo resolver el crucigrama si aparentemente no tenemos pistas, únicamente cuadros vacíos en diagonal, que nos orienten?, ¿Cómo resolver la estabilidad y permanencia de la crisis educativa?, ¿Cómo no solo dignificar la profesión magisterial sino promoverla a conciencia?, ¿Cómo asegurar los mejores insumos, las mejores semillas, el mejor contexto, para resistir aquellas condiciones contrarias?

Son preguntas que tengo sin respuesta y que espero, con tus comentarios, me ayudes a reflexionar aún más a fondo. Creo que la verdadera reforma educativa es un “volver a lo básico”, incluído desde luego el renunciar a modelos “masificantes”, en recordar el origen eminentemente personal del proceso educativo. Un contacto directo, personalizado, puede lograrse incluso con nuevas tecnologías (pensando en los críticos que dirán que la personalización es más costosa, nota mental: en el siglo XXI personalización no implica necesariamente y forzosamente el ámbito presencial).

Pero…¿tú que opinas? ¡ojalá te animes a compartir en los comentarios de esta entrada!

¡Hasta la próxima!