5 razones para no recurrir a la grosería
Comunicación

Conferencistas Altisonantes

Insulto/rudeza/grosería
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Una de mis lectoras en días pasados me mandó por correo electrónico sus impresiones y comentarios respecto un evento al que, por trabajo, acudió en fecha reciente. En dicha actividad le tocó observar un expositor que no fue de su agrado. La razón fue sencilla de su rechazo: ¡se dedicó a utilizar como recurso, para captar la atención y hacer animada su presentación, un sinnúmero de groserías y albures! Aunque a ella le desagradó observó sin embargo que varias personas en la audiencia, parecían fascinadas y de acuerdo con el expositor en cada afirmación expresada; me escribió para conocer mi opinión y para tratar de entender la contrariedad en la que se experimentó en dicho momento.

En cierta forma me parece que la respuesta que podría darle, puede ser también de utilidad para otros lectores y por ello he decidido responder a través de mis:

4 razones por las cuales te conviene desterrar las groserías de tu comunicación verbal

Las groserías recurrentes y/o el uso de albures y expresiones vulgares, bajo la etiqueta de “doble sentido” como decimos en México, se constituyen hoy por hoy como la materia prima de expositores y conferencistas que buscan resultar “chistosos” a la audiencia como una forma de romper el hielo inicial y garantizar atención a lo largo del desarrollo de las ideas, en teoría, previamente preparadas. Parece que ofrecen un pequeño Show, a imitación de comediantes soeses, pues no tienen algo más que ofrecer a su audiencia. Creeme que no escribo esto por espantado, tengo en mi vida personal la tendencia a la malahablez, y en ocasiones comprendo que hay situaciones que ameritan una que otra altisonancia; eso no me impide, sin embargo, distinguir el fuero privado de una conversación a “corta distancia” y la importancia que debemos darle a nuestra comunicación en términos públicos como imagen de lo que representamos como expositores. Vamos paso por paso, para tratar de aportar algunas ideas más concretas.

1. No precisan esfuerzo

La principal razón por la que te pido que destierres las groserías de tu comunicación verbal es porque cualquiera que se pare ante un grupo puede hacerlo sin problema.  Cualquiera puede insultar, pero pocos pueden apoyar la formación y la educación de las personas a través de la transmisión de un mensaje en particular. Lo digo y afirmo sin temor: ¡es recurso barato y fácil de utilizar! ¡No implica esfuerzo! No olvides que las audiencias perciben y valoran el esfuerzo del expositor. Si recurres a las groserías caerás bien a algunos, puede ser, pero muy probablemente no convencerás a la mayoría. Y si estás ahí no lo estás para entretener, sino que tu presencia obedece a la comunicación eficaz.

Si tú tienes, además, la preocupación de profesionalizarte como expositor aquí estarías empezando evidentemente mal. Si bien podríamos pensar que hay que tener encanto con las groserías para que “suenen gracioso”, la realidad de las cosas es que en lugar de sumar puntos restarás eficacia a tu trabajo. La audiencia te ubicará como el “gracioso de la clase” y esto tendrá consecuencias.

2. Dividen audiencias

Lo que mi lectora observó ese día es un dato contradictorio, es cierto, pero real. El uso de este recurso produce la división de la audiencia en dos partes, no necesariamente iguales, pero a fin de cuentas con pesos y contrapesos definidos. Cuando alguien es malhablado, y utiliza recurrentemente altisonancias, agrupará a la audiencia en dos sectores: los que están a favor y los que están en contra.

Desde el frente de un auditorio, desde la perspectiva de un expositor, es muy fácil ubicar a los ejes de apoyo. En este caso, aquellos que al escuchar el improperio se rien a carcajadas, pelan los dientes y se llevan las manos a la barriga de forma automática. Hay que decirlo: ¡se escucharán y se encargarán por diversos medios de hacer patente su aceptación abierta! Otro grupo, tal vez por nervio o por incomodidad al mirarlos, tendrán para el expositor una leve y fugaz sonrisa. Quien expone puede malinterpretar el gesto y pensar que todo el que asiente concuerda. Y ahí empiezan los problemas. Pues puede existir un buen número de personas que se sientan insultadas y sobajadas por el estilo comunicativo del expositor. Es anteponer entonces, a posibles aliados en activos detractores que, el día de mañana, compartirán a otros su amarga experiencia. La publicidad como labor de boca a boca, espíritu vital de un conferencista en nuestra época, puede no ser tan buena como piensas.

Tu labor como conferencista es intentar persuadir a la mayor parte de la audiencia que te acompaña respecto el mensaje que has preparado; si recurres a la grosería y vulgaridad persuadirás a menos personas de lo que pudiste haber hecho si hubieras tomado en serio tu labor y el respeto que la audiencia te merece.

3. Empobrecen tu prestigio

Nunca sabes quiénes configuran tu audiencia a ciencia cierta. No sabes si dentro de las filas de participantes está alguien interesado en pedirte replicar la experiencia en su negocio, en su escuela, en su organización. Apostar por las malas palabras en lugar de apostar por el mensaje, puede hacer que aquella persona que te hubiera querido convocar para un nuevo evento desista de hacerlo. Hay más gente de la que piensas a la que le gusta que los expositores se expresen correctamente, y eso no está peleado con la diversión, con el ingenio y con el humor. No estoy diciendo que tus eventos deben ser de inmensa y consagrada solemnidad, digo que las palabras como recursos que son hay que saberlas utilizar pues cada una se convierte en un dardo que lanzamos a nuestra audiencia. Hay mejores lanzadores de dardos que otros, es un hecho.

Si no eliges bien las palabras no solo No transmitirás el mensaje sino que puedes oscurecer tu trayectoria como comunicador. El uso de palabras desafortunadas puede producir disminuida fortuna en comunicador profesional. ¿Estás dispuesto?

4. Terminan distrayendo

Tanto va el cántaro al agua que termina por romperse. El uso constante y recurrente de malas palabras puede tener un efecto contrario. La audiencia puede sobresaturarse y concentrarse en el lenguaje del expositor, la mirada sobre el mensaje entonces se pierde y puede que no se recupere. Las groeserías pueden, incluso me ha tocado constatarlo, convertirse en una arraigada muletilla del expositor quien tendrá problemas para evitarla con posterioridad. La mala palabra puede “salir” a voz en automático, sin que haya sido planeada y sopesada. Se convierte en una “comadreja” que sabotea el mensaje.

Si recurres a este recurso de manera frecuente será probable que la memoria de tus asistentes registre más tu “perfil humorista” que el mensaje mismo que has preparado. La grosería reina y el mensaje es un lacayo. Trastocamos el orden comunicativo que nos convocó ante un grupo. Cuando trasciendes tú y no el mensaje, es mejor que te dediques a otra cosa que a la noble tarea de compartir, en beneficio de tu audiencia, lo que sabes y puedes aportar.

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Son estas algunas ideas que pueden apoyarte a ir mejorando y afinando tu presencia frente a grupo. Recuerda que puede ser que el uso del lenguaje soez se convierta en tentación en diversas ocasiones y en distintos foros, el mejor de los expositores puede llegar a experimentar que nada ilustra mejor una situación de la que se desea reflexionar que aquella grosería que suena tan “divertido” y que le daría “condimento” a la charla. ¡Mucho cuidado! Me despido con esta idea:

Hablar con groserías en una presentación pública es cambiar el oro de la atención de la audiencia por los espejos que en sí mismos no valen mucho. ¡Esforcémonos en nuestros ejemplos, en las analogías, en la modulación de voz, en la presencia y actitud física y te aseguro que tendremos mejores resultados para ser comunicadores eficaces! 

¡Hasta la próxima!