Catolicismo

Dimensiones prácticas de la Fe

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Cortesía Pixabay.Com

En un mundo como el nuestro la exigencia de la coherencia de quien dice tener una creencia religiosa es en sí misma un deber para generar confianza frente a quienes no participan de su mismo credo. El Mundo desea, en una aparente contradicción, que quien tenga una creencia la ejerza adecuadamente en lo privado sin que se contravenga lo “público”. Pero si el creyente sale a la arena, a la plaza pública, se revisará con lupa la coherencia que tenga entre su creencia y su conducta. Al menor atisbo de incongruencia todo creyente aparecerá como desprestigiado ante quienes le juzgan. Es un decir:

Puedes creer en lo que quieras en la sala de tu casa, detrás de tu puerta. Pero si afirmas tu creencia en público, te someteremos al contraste riguroso entre lo que crees y lo que haces para juzgar quién eres desde nuestra perspectiva. Si aceptamos la creencia afuera de lo privado es para que la alta probabilidad de tu incongruencia nos permita recriminarte y dejarte sin posibilidad de continuar el camino de tu Fe. 

La Fe es un problema, un tema díficil de abordar. Tanto para quien la tiene como para quien no la tiene. Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, nuestro Papa Emérito solía expresar que el creyente y el no creyente están ante la realidad de la duda. Lo decía con este texto que siempre me ha parecido un cúlmen en su “Introducción al Cristianismo”:

[…] el creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la tentación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único lugar que se la ha asignado para vivir su fe; pero no pensemos por eso que el no-creyente es el que, sin problema alguno, carece sencillamente de fe. Como ya hemos dicho anteriormente, el creyente no vive sin problemas, sino que está siempre amenazando por la caída en la nada. Pero tenemos que reconocer y hemos de decir que los destinos de los hombres se entrelazan: tampoco el no-creyente vive una existencia encerrada en sí misma, ya que incluso a aquel que se comporta como positivista puro, a aquel que ha vencido la tentación e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive en conciencia directa, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo tiene realmente la última palabra, de si jamás va abandonarle. Igual que el creyente se esfuerza por no dejarse ahogar por el agua salada de la duda que el océano continuamente le lleva a la boca, también el no-creyente duda de su incredulidad, de la real totalidad del mundo que él ha decidido explicar como un todo. Jamás estará seguro del carácter total de lo que él ha considerado y explicado como el todo, sino que le acuciará la pregunta de si a pesar de todo la fe no será lo real y la que exprese lo real. De la misma manera que el creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad, que es para él su más seria tentación, así también la fe será siempre tentación para el no creyente y amenaza para su mundo al parecer cerrado de una vez para siempre. En una palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Solo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

¿Qué exige de nosotros la aceptación de la duda y el impulso a no dejar en lo privado aquello que creemos? ¿Qué implica asentir sobre una creencia religiosa y tratar de orientar la existencia bajo dicha perspectiva? 

Creo que la vida de la Fe, debe tener una expresión práctica y presente en el contexto cotidiano en el que nos desenvolvemos. Esto atraviesa por algunas consideraciones:

  1. No debemos tener miedo de mostrar a otros lo que creemos, aunque eso implique que nos pongamos en una posición de cierta “vulnerabilidad”.
  2. Debemos asumir la creencia religiosa como una compañía a todo nuestro contexto vital. En la casa, en el trabajo, en la oficina, en la escuela; todo espacio que visitamos, todo ámbito en el que nos desenvolvemos no debe ser ajeno a nuestra creencia.
  3. Compartir lo que creemos de forma personal con quienes “comulgan” con nuestra Fe, y con quienes no “comulgan” con nuestra Fe. Se ha acusado a la Fe por dividir, pero no es ella quien divide, somos nosotros que no sabemos asimilar la creencia y compatibilizarla con el respeto y la armonía entre diversas formas y perspectivas para considerar la existencia.

¿Cómo puedes aplicar estas ideas en tu vida? ¿Cómo pondrás en práctica lo que crees y lo que te impulsa a enfrentar los retos cotidianos?

¡Hasta la próxima! 

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