Catolicismo, Comunicación

Comunicación católica

cross-66700_1280
Cortesía PixaBay.Com

Experimento en mi interior la necesidad de impulsar un espacio de promoción y difusión de todas las bondades que el catolicismo puede brindar a la cultura predominante en el mundo de hoy. No surge hoy esta intención, y aún hoy no sé si seré capaz de aterrizarla.

Me conflictua constatar, casi a diario, que mi fe, por el simple hecho de serlo, es constantemente excluída de los debates morales y de las decisiones que, traducidas a la práctica, derivarán en un impacto directo a la dignidad de la persona humana.

Parece que todos pueden opinar siempre y cuando “escondan” o pongan “bajo la mesa” aquello que creen. La religión como división, la religión como frontera. La religión como desecho de la historia ante la cual es necesario “progresar”.

Sé que en parte esta realidad atraviesa también por la responsabilidad de quienes, siendo católicos, han preferido el “claustro” por decisión propia para evitar el costo de la congruencia que debe reinar en la vida del creyente (he hablado sobre este aspecto hace poco, puedes ver aquí); pero también tienen parte en esta amarga factura, quienes se revelan como intransigentes y renuncian al debate y al encuentro con quien interpela por asumirse así mismos como “dueños de la Verdad”. Esta postura absolutista, siendo que debemos estar permanentemente al servicio de la verdad, obstaculiza cualquier acercamiento. Los absolutos en una época como la nuestra tienen a espantar más que a plantear alguna perplejidad. Pocos católicos conciliadores, no en el sentido claudicante del término, dispuestos al diálogo conozco y éstos, lógicamente no aparecen en las primeras planas. 

Pienso en Gabriel Zaid, probablemente uno de los pocos católicos a quien el sistema laicista predominante le permite el hecho de asumirse como creyente público, ha mencionado varias veces el tema de la “muerte de la cultura católica”. Con este término describe el repliegue de los creyentes que, constantemente se dejan vencer por el temor de la marginación respecto el diálogo y el debate, realidades que en nuestro país parecen más bien separar que unir. Si bien en aquél tiempo, cuando me encontré con aquella reflexión, me parecio sumamente valiosa he encontrado en los textos sobre el  “catolicismo vergonzante” de Jorge Trasloheros, académico creyente (por cierto divertida paradoja para el mundo actual), un importante matiz. Los católicos no estamos muertos en la vida pública, sino que estamos avergonzados de nuestra fe y no la asumimos como deberíamos; puede consultarse aquí  y aquí, la reflexión de Traslosheros.

¿Cómo solucionar esta “verguenza?

Tengo la convicción de que una activa y estratégica promoción y difusión de la cultura católica, que no me parece condenada a muerte y que a mi parecer tiene un pulso contundente, puede derivar en consideraciones positivas que eviten la polarización y el desencanto que la fe, sin cimientos y argumentos, parece provocar en cantidades importantes de personas. La religión como vehículo de expresión de la fe no es en sí compatible con el fundamentalismo y con las cerrazones, debe vivirse como una dimensión más de la vida humana que la ordena a dotar de sentido la experiencia y la existencia. 

La religión, por lo menos la católica, está llamada a no ser una dimensión prescindible, aunque los ateos fervorosos se obstinen en despreciarla y reducirla a un aspecto eminentemente “privado”. Quienes creemos debemos preguntarnos si estamos dispuestos a aportar a “todo aquello que el hombre hace”, a la cultura en sentido amplio. Y si lo estamos debemos caminar, de acuerdo a nuestra conciencia, haciendo ver la valía de aquello que creemos para una sociedad que se esmera en justificarse a sí misma, a centrarse en sí misma y dar la espalda a lo verdaderamente importante. 

¿Qué elementos debe tener un programa “católico” de Comunicación?

Pienso por lo menos en 5 elementos fundamentales que hoy planteo a la consideración del lector.

  1. Respeto y promoción de la centralidad de la Persona Humana. Una antropologista personalista que reconozca el valor, incluso, en aquellos que interpelan, contradicen y protestan. Reconocer en otros, en quienes incluso cuestionan, el valor primordial en cuanto personas. Evitar el “militarismo” que busca encontronazos para “autoafirmarse”.
  2. Decidido conocimiento de la doctrina católica, que no se consigue con una rápida lectura de los elementos fundantes de la Fe. Comunicación es compartir con otros aquello que se posee como un mensaje. Los comunicadores católicos debemos estar en profundo dominio, constante y actualizado, de nuestra creencia para poderla compartir a la luz de las fuentes de la Revelación: La Sagrada Escritura, La Tradición y El Magisterio de la Iglesia.
  3. Manifestar seguridad sobre los propios principios, este elemento implica la autoridad suficiente no para imponerse y aplastar al otro sino para reconocerse “servidores de la Verdad”. No escandalizarse ante principios contradictorios, ante críticas fundadas o infundadas. Mantenerse con firmeza en lo que uno cree no implica denostar las creencias de otros sino reconocer, de fondo, como decía Santo Tomás que la Verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo.
  4. Posibilidad de articular mensajes coherentes, comprensibles racionalmente hasta donde es posible (pues las verdades de Fe exigen una afirmación más allá de la razón, y esa afirmación es voluntad de la persona a la que no puede “obligarse”). Posibilidad de proponer un encuentro con aquello no solo que es posible sino que exige de cada uno una respuesta.
  5. No somos solamente portadores de un Mensaje especial, somos representantes de una persona concreta: Jesucristo, Nuestro Señor y Maestro. Tratemos a aquellos que interpelan, o que no comprenden lo que decimos, con la misma sabiduría de Jesús. Jesús el gran comunicador, el que acercaba Verdades elevadas, Él Mismo, a la gente sencilla, debe ser para nosotros un modelo de acción. Un claro referente no para que nosotros salgamos “triunfantes” de un debate, sino para que Él, a través de nuestros propios medios humanos deficientes, toque el corazón de quienes nos escuchan.

Espero puedas compartir, en los comentarios, tus impresiones sobre estas ideas. Me parece que estas reflexiones son apenas algunos balbuceos que deben profudizarse y estoy seguro que tu opinión tendrá para mi la posibilidad de la retroalimentación.

¡Hasta la próxima!