Comunicación

Apología del #Conferencista

¿De qué nos sirve un expositor si tenemos tantas opciones para favorecer el aprendizaje con las nuevas tecnologías? ¿Qué garantías nos da el encuentro presencial, entre un expositor y su audiencia, si ya el encuentro virtual no solo es tendencia sino realidad? ¿Por qué quererse desarrollar como expositor, como artesano de la palabra y la oralidad, si ya tenemos miles de alternativas para compartir mensajes e información? ¿No son una pérdida de tiempo las actividades de comunicación masiva entre personas? ¿No es cierto que el mejor aprendizaje es aquél que se vive en experiencias de “pequeños grupos”? ¿Si ya el rol del facilitador, ha venido incluso a reemplazar al “maestro”, por qué empeñarnos en conseguir un “experto” en un tema? 

Estas preguntas no son ajenas al contexto de los expositores de hoy. Muchas veces tenemos la tentación de pensar, y esto afirmado por algunos ponentes inclusive que según entiendo no aman ni respetan su oficio, que la riqueza de una exposición está en el material de apoyo que se presenta ya de forma recurrente en términos multimedia. Si el expositor no presenta material, con audio y vídeo, pareciera que su mensaje es imposible de posicionar. El medio ha reemplazado al mensaje, y tenemos hoy en día la tentación de eliminar al mensajero. Puede ser que mucho más que antes. Pero ahí, en este sentido de endiosar la tecnología como reemplazo de lo humano, nos podemos topar con una contradicción.

Los grandes defensores de las alternativas tecnológicas, como una vía alterna de la expresión personal y directa de un mensaje, se toparán sin embargo que los “grandes” de la tecnologia no graban vídeos, ni generan cursos para dar a conocer sus innovaciones, sino que imprimen un fuerte contenido presencial, a pesar incluso de la distancia, con quienes les escuchan en determinados momentos. Pongo un caso, quizá emblemático, como ejemplo. Uno de los más respetados en este sentido, Steve Jobs, no podría comprenderse sin sus ocurrentes y bien pensadas intervenciones frente a público, en vivo y en directo, con el componente presencial como una herramienta de palanca a lo que se deseaba presentar. Divertida paradoja, el apóstol tecnológico reconocía y utilizaba en su favor la oralidad para dar a conocer cada invento, innovación o mejora. ¿Quién afirmaría que era necesario haber prescindido de dicho mensajero? ¿Alguien levanta la mano? En gran parte el imperio económico que se esconde detrás de la manzana le debe mucho, pero mucho, a las cualidades de expositor presencial del creador del Ipod, el Iphone y el Ipad.

Ya en este espacio intenté una respuesta a la pregunta sobre la utilidad de las conferencias (puede verse aquí); ahora, a apartir de las interrogantes expresadas, quisiera dejar constancia de aquello que aporta un expositor a un mensaje, lo que puede brindar una persona al acto mismo de la comunicación pública en forma masiva. Son a mi juicio, tres cosas principales:

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El epicentro de la persona: La mirada. Cortesía PixaBay.Com

 

  • Su propia persona. No es solo el mensaje, es cómo se comunica y quién lo comunica. Tal vez el epicentro de la persona, la principal aportación del expositor en modalidad presencial, sea la mirada que deposita en la audiencia. Cuando uno participa en un evento a distancia, u observa un vídeo, si bien el expositor puede “mirar” indirectamente a quienes se imagina le observan, no generará un cambio positivo de percepción con el hecho de “observar” a una cámara. Cuando nos encontramos, por el contrario, en un evento presencial, los expositores podemos depositar en diversas personas la mirada, podemos encontrarnos directamente, no de forma artificial, con la realidad del otro. Podemos reflerjarnos en el otro y permitir que los otros ser reflejen en nosotros. La mirada comunica, la mirada nos entrega a quienes nos escuchan. 

La fuerza de la mirada de un expositor se relaciona, casi directa y proporcionalmente, con la credibilidad de su mensaje. La mirada envuelve y necesitamos ese “envoltorio” para asegurar la entrega, suave pero directa, de aquello que deseamos compartir.

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Personalidad en acción. Aquí y ahora. Hoy y contigo. Cortesía PixaBay.Com

 

  • Su estilo comunicativo per se en el momento de la intervención. Si bien el mensaje en su construcción parte de su persona, es posible un encuentro más directo gracias a la personalidad del conferencista que se pone en “acción” al momento de la intervención. A la “unicidad” de la persona que comparte el mensaje. Nadie puede expresarlo de la misma forma, en el mismo momento del tiempo, en que se da la coincidencia con la audiencia. Cada encuentro es una oportunidad única. Un vídeo previamente producido, con todas las características de estudio, puede impactar adecuadamente, pero resta peso a la personalidad y, cosa curiosa, a las personas nos gustan las personas. Muchas de las nuevas vertientes de comunicación digital nos parecen un acto homogeneo, le hablan a todos no necesariamente a mí y mis necesidades que no han sido detectadas de forma previa. La conferencia presencial por el contrario supone la posibilidad de que la personalidad del que expone se revele, con toda su complejidad, frente a la audiencia. Un encuentro virtual puede no garantizar esta parte que de hecho sucede en las actividades frente a frente. Un vídeo tiene un guión previo, una conferencista presencial sabe “adecuar” su guión previo a las necesidades que, de acuerdo a su experiencia y conocimiento, detecta en la audiencia en ese momento. No se trata de cazar mariposas, pero se parece mucho a saber aprovechar oportunidades específicas que pueden dejarse pasar en otros esquemas impactantes pero despersonalizados. 

Cada encuentro es único. Cada conferencia se adecua a la audiencia y a sus necesidades, mediante la habilidad del ponente en el momento mismo en que expone. Los vídeos, los encuentros genéricos de forma virtual, no dejan de tener un cierto sabor “acartonado” y por ello su funcionalidad y riqueza radica en otros aspectos. No digo que no sean importantes, digo que pueden no tener la profundidad en términos humanos que la comunicación exige.

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Dar la vida en cada encuentro / Cortesía PixaBay.Com

 

  • Lo que el expositor regala a la audiencia. Si cada persona es única, si cada encuentro es particular y radicalmente diferente a otros, hay mucho que el expositor, el comunicador eficiente, entrega a la audiencia a modo de regalo generoso. No solo comparte ideas, comparte la estructura de su pensamiento para expresar las ideas que la audiencia pide y reclama en ese instante. No solo brinda mensajes, genera alternativas para engalanar esos mensajes a partir de esas necesidades detectadas al vuelo en el momento del encuentro. Puede sugerir, de acuerdo al pulso del grupo que detecta con maestría, caminos de profundización en el mensaje sumamente diversos. Puede entregar alternativas que respondan a la particularidad de las personas que con él comparten un momento de su vida. Brinda, también hay que decirlo, un tiempo precioso destinado a cada público. Un vídeo, por ejemplo, exige una donación temporal específica que, posteriormente, tendrá sus repeticiones sin afectar a la persona en las múltiples reproducciones que se hagan. Solo brindo un expositor en esta modalidad una vez su tiempo. Un expositor presencial, aunque comparta un mensaje similiar, está implicado a regalar más tiempo, a dar más de sí mismo, a brindarse sin reservas en cada oportunidad. El acto presencial de la comunicación, el encuentro entre personas, supone la donación constante, no única y parcial, del tiempo de quienes participan en dicho acercamiento como expositores.

Somos tiempo, donamos tiempo, recibimos tiempo. Tiempo es vida. Nadie ama más que aquél que da su tiempo, su vida, por aquellos que considera valiosos. Un expositor que reconoce la importancia del tiempo de quienes le escuchan y regala generosamente su propio tiempo, supone una entrega particular que es de hecho benéfica al mensaje y que es valorada por la audiencia.

En resumen, un conferencista presencial, un comunicador eficiente en el encuentro del uno con muchos, pero del uno a uno como finalidad, aporta su persona y mirada, su personalidad en acción y su generosidad. En la medida que lo virtual, lo tecnológico pueda humanizarse con estos detalles, podríamos decir que existiría un camino alterno. Pero aún ahora, en el inicio del siglo XXI, en la era del conocimiento y de la sociedad de la información, las personas hacemos la diferencia en lo práctico, en lo real y sobre todo, en lo verdaderamente humano.

¡Hasta la próxima!