Pistones
Familia

Fines complementarios

Pistones
Dos finalidades complementarias al matrimonio. Dos pistones que mueven existencialmente la relación entre varón y mujer.

Dando seguimiento a mi pasada publicación sobre la oportunidad de construir un Diálogo ante la iniciativa del así llamado “Matrimonio Igualitario” (puedes revisar aquí lo que entonces en aquél primer escrito proponía), intento ahora hacer una aproximación a una de las primeras razones por las que puedo argumentar una postura en contra de la medida.

Aclaro que, a pesar de los planteamientos vociferantes, estar en contra de esta pieza de “reingeniería social” no implica necesariamente un odio hacia las personas que experimentan la condición homosexual en su vida.

No les rechazo en cuanto personas, no les deseo ningún mal, pero eso tampoco implica estar de acuerdo con los postulados que los grupos de presión tratan de establecer en la esfera pública. Hablo de grupos de presión, porque regularmente nos presentan que todos los intereses de las personas homosexuales son organizados y gestados como un solo colectivo; sin embargo podemos encontrar en la realidad que existen personas homosexuales que no están tampoco de acuerdo con la perspectiva del matrimonio “igualitario”, y su voz y su experiencia de vida pretenden ser silenciadas en virtud de su pertenencia a grupos u organizaciones religiosas, o simplemente por defender la postura del matrimonio varón y mujer como fuente de la familia.

El matrimonio, en el reconocimiento por parte de los Estados, ha versado sobre realidades establecidas en función del cuidado mutuo entre los contrayentes y la apertura a la generación  de vida, como servicio que los que se casan, a partir de su unión matrimonial, a la vida social. El Estado ha reconocido en la realidad del matrimonilo esa contribución y hoy, contrario al bien común, en aras de lo políticamente correcto está dispuesto a fabricar una realidad alterna.

Dichas realidades, reconocidas y no manipuladas, han sido tratadas y analizadas, por muchísimas personas a lo largo de la historia,  y han sido denominadas como los así llamados “fines del matrimonio”. La mayoría de los autores, en una revisión que podríamos emprender con mayor o menor detenimiento, encuentran en el apoyo mútuo (fin unitivo) y en la generación de los hijos (fin procreativo), en traer a la siguiente generación, lo esencial de la institución matrimonial. Por ello, porque es tema común la presentación de estos dos fines, me concentraré en ellos brevemente. No incluiré aquí la reflexión del “remedio a la concupiscencia”, que también desde la perspectiva pastoral y teológica, se considera implícita en el tema. Sería intersante, desde dicha perspectiva, argumentar como el “matrimonio igualitario”,  para quienes sean creyentes, sería remedio a la concupiscencia y camino a la santidad. He ahí un buen desafío a los defensores de la medida.

Vamos a lo nuestro. Quienes se casan lo hacen teniendo en cuenta estas dos perspectivas, o, por lo menos al casarse , deben tener en cuenta ambas realidades relacionadas a la esencia del acto jurídico y social que emprenden. No son fines aislados como nos han querido resumir, ¡son vasos comunicantes! El matrimonio entre varón y mujer permite la complementariedad de dichos fines, la adecuada armonía entre ambos. Inclusive, según pueda argumentarse en contra, en aquellos casos donde por cuestiones de impedimento físico y biológico las parejas no pueden tener hijos. La pareja se casa con el deseo de tener hijos, los espera y solo en la dinámica de la vida marital se percatan de que estos hijos no llegan con el paso del tiempo, la finalidad procreativa no puede realizarse por condicionantes que superan la voluntad del marido y la mujer. Otros caminos se abrirían, a estas parejas, para la recurrencia a la vivencia de la posibilidad proceativa y no es ahora tema de discusión el tema de adopción o bien de reproducción artificial asistida (con todos los inconvenientes éticos que presenta  y que por estricto negocio no se dan a conocer a las parejas a quienes les parece una opción viable esta posibilidad). Baste por ahora decir que las parejas que no pueden tener hijos, la excepción y no la regla, tienen dicha alternativa para tratar de alcanzar la dimensión procreativa de una forma fecunda a pesar de no poder ser fértiles.

El así llamado “matrimonio igualitario” elimina de forma intencional una de dichas finalidades, la imposibilita pues en términos prácticos. Dos varones no procrean, dos mujeres tampoco. Sin embargo, lo masculino y lo femenino, si se quiere en términos estrictamente biológicos, se requiere forozosamente como vía natural para la generación de la vida del ser humano. No es el mismo caso que la pareja heterosexual que se casa y que solo en la dinámica marital descubren la no llegada de los hijos. Aquí, en esta estructura que ahora busca legalizarse, de entrada se sabe que no se podrá tener biológicamente un hijo producto del “amor” entre ambos, no tendrá la célula de ambos, no será “carne de mi carne y de tu carne”. Por lo que de entrada debe recurrirse, no como excepción sino como regla, a la búsqueda de otras vías como puede ser la adopción o bien la procreación artificial que gusta tanto entre algunos sectores del movimiento homosexual (la generación artificial de niños y niñas por encargo, por parte de algunos sectores ya tiene tintes verdaderamente preocupantes en términos éticos, otro día regresaremos sobre esta escabroza realidad, la nueva esclavitud del siglo XXI). En el caso de la homoparentalidad también, reconociendo que es otro tema, habría que plantearse las diferencias entre una pareja de varones y una pareja de mujeres, pues en estas últimas alguna de ellas sí puede cubrir con la parte gestatoria que el varón por sí mismo y por naturaleza está impedido y me parece que eso merece una profundización, que por tema de espacio ahora no puede brindarse.

No son entonces ambas formas de comprender el matrimonio realidades igualitarias; desde la perspectiva de los fines del matrimonio, la relación entre varón y mujer, o entre varones y varones, o entre mujer y mujer. No hay condiciones iguales en el ejercicio de las finalidades. Una realidad se presenta como de cauce natural (puede tenerse hijos, en la normalidad de los matrimonios de varón y mujer, de un momento a otro), y la otra vía propuesta requiere como “normalidad” caminos artificiales en primer términos y por otro lado, la posibilidad de la adopción en un esquema de homoparentalidad que discutiremos en otra ocasión.

El matrimonio entre varón y mujer, y el matrimonio igualitario, se revelan entonces como dos caminos divergentes. Dos caminos que no son iguales aunque quiera venderse la igualdad en el derecho del acceso a la institución. Basta una sola diferencia para que dos cosas no sean iguales. Uno siempre estará en desventaja frente al otro. En uno la llegada de los hijos en términos de promedio siempre será posible cuando se requiera y la salud lo permita, en otro, deberá lograrse mediante la forzosa participación de un tercero. Con lo que se rompe, sin quererlo la unidad de comunidad que se pretende argumentar. Ya no es unión de uno con uno, es unión de uno con uno que para lograr un hijo siempre deberán recurrir a la existencia de una mujer que, divertida paradoja “sirva” como una simple donadora de célula o de incubadora para la obtención del anhelado deseo de la pareja. Ya no es unión de una con una, porque siempre, deberán recurrir a aquello de lo que carecen en términos genéticos, necesitan forzosamente la célula masculina que ninguna de ellas puede aportar. Ya no es unión de dos, es unión de tres (si es fecundación e implantación homóloga) o puede ser una “unión” de más de 5 si es fecundación heteróloga y con implantación heteróloga.

Cierro esta primera reflexión concluyendo que si se desecha una finalidad del matrimonio como la procreación, al ser una finalidad correlacionada a la otra, acabará, se quiera reconocer o no, con la otra finalidad de la vida matrimonial. Son dos fines, sí, pero se requieren y precisan mutuamente como los pistones de un motor que permiten el movimiento de la maquinaria. 

Podría argumentarse que la legislación mexicana ya desvinculó el matrimonio de la realidad de su finalidad procreativa, y eso es correcto. Así está nuestra legislación, no podemos negarlo. Una grave ruptura de lo legal frente a la filosofía del derecho. Para el Estado Mexicano, la procreación no es importante ni vinculante entre la comunidad de vida y la perspectiva social. ¿Qué diferencia ahora, si hemos quitado una de las finalidades, a la comunidad de vida del matrimonio de otras comunidades de vida que pueden existir en el orden social? El legislador mexicano, y el juez al que no hay que olvidar, han decidido romper la esencia matrimonial para acomodarla a una “reinvindicación” de derechos que en el tiempo actual es “políticamente correcta”. Así que, desde la perspectiva legal, la única finalidad del matrimonio es el deseo de la unidad de vida entre la pareja. Así las cosas en nuestro México. Será legal el matrimonio igualitario, pero no responderá nunca a las finalidades del matrimonio con el cual se violenta en aras de “ser incluyentes” la finalidad complementaria de la unión que se establece entre ambos, con apertura a la procreación que, cosa curiosa, cuando no se persigue solo en sí misma, al presentarse posibilita la unión de la pareja.

¡Hasta la próxima!