Paternidad
Catolicismo, Familia

Experiencias fundamentales

Continuo el afán de poner por escrito un diálogo con aquellas personas que se manifiestan abiertamente a favor del así llamado “matrimonio igualitario”. Esta publicación es continuidad de dos publicaciones anteriores en el sitio. La primera que explica el intento de dialogar, compartiendo en un clima de respeto opiniones y puntos de vista puede consultarse aquí. Y la primera razón por la que en lo personal no estoy de acuerdo con dicha iniciativa, la ruptura de la complementariedad entre los fines del matrimonio, puede también revisarse aquí.

La segunda razón que encuentro en la oposición a esta iniciativa la asumo desde el reconocimiento en las experiencias significativas, y también complementarias, de la maternidad y la paternidad. En la nueva propuesta de reingeniería social, alguna de ellas se “eliminaría” de forma intencional. Los hombres no podemos ser madres, y las madres no pueden ser padres. Aunque el sentimentalismo de la época nos haga pensar que hay posibilidades en ambos sentidos. ¿La paternidad y la maternidad son algo más que roles sociales o son experiencias vitales que permiten el desarrollo tanto de quien ejerce como de quien recibe el beneficio de dicho ejercicio? Me parece que esa pregunta debería guiar nuestra reflexión.

Comprendo la vivencia de ambas experiencias no solo desde una función socialmente exigida, sino, sobre todo, de una verdadera conciencia y profundidad en una decisión libre de dejarse transformar, en la vida cotidiana y sus intrincadas implicaciones, por el hecho de ser madre o padre de un ser humano. Asumirse como “padre” o “madre” de alguien comporta pues no solo una serie de tareas sino que exige, ante todo, una respuesta existencial ante la vida misma. No es solo asumir una postura, es adaptar la percepción y estimación del mundo desde un ángulo diverso. Colocarse en la posición de saber que existe alguien más importante que uno mismo, en términos de donación y gratuidad de aquello que decide entregarse: ¡la propia vida sin limitaciones!

Podrá argumentarse que existen padres y madres que no solo no cumplen con su función cultural de cuidado  y protección a los hijos, sino que “abjuran” de la misma. Y me queda claro que eso, en términos de realidad existe. Pero no me parece que eso justique intencionalmente “eliminar” la experiencia de paternidad o maternidad del horizonte de desarrollo del niño o de la niña por conveniencia de un nuevo “arreglo de hogar”.

Paternidad y maternidad, en cuanto experiencias fundamentales, constituyen un núcleo precioso en el patrimonio humano que compartimos, desde el aspecto biológico como desde el ámbito cultural que une civilizaciones muy diversas en el tiempo y en las latitudes de la tierra.

Así como comenté en su momento respecto los fines del matrimonio, la experiencia de la vivencia de la maternidad y la paternidad, para que sea completa, exige la complementariedad entre ambas perspectivas. Yo realizo mi paternidad a contrareflejo de la experiencia de maternidad que vive mi esposa. Nuestra alianza conyugal se ve amplificada por un nuevo modo de responder a nuestra vida en conjunto. Ya no solo somos esposos, sino que pasamos de una relación de alianza a una “comunidad de personas”. Nuestro matrimonio tiene la temporalidad de la vida, incluso como sacramento. Pero nuestra función, y decisión de responder a nuestra vida, como padre o madre no tiene fecha de caducidad. La realidad de esta situación va más allá de las componendas jurídicas; por mencionar un ejemplo comentemos algo en relación al divorcio. En esa gran tragedia social podemos encontrar que se ha dejado de ser, desde la perspectiva jurídica, esposo o esposa de alguien; pero esa “finalización” del vínculo conyugal no aplica para los hijos, de ellos no podemos “divorciarnos” y siempre estará presente el recuerdo del hecho irrenunciable de que aquella mujer, o aquél varón, siempre será el padre o madre de los hijos que se tuvieron en conjunto. La patria potestad, el ejercio de la paternidad/maternidad, no es un tema de “renuncia” ante el Estado, sino que involucra un “asumir la responsabilidad” frente a los hijos y frente a la sociedad. De tal relevancia estas experiencias fundamentales que son salvaguardadas por el Estado. 

Del encuentro entre el varón y la mujer se posibilita la vivencia a profundidad entre estas experiencias fundamentales proyectando en el tiempo no solo un elemento que explica el origen de una persona, sino una firme ancla que le será de utilidad en la existencia personal a lo largo de toda su vida. Ser padre y madre no es solo, como culturalmente se presenta ahora, asumir el rol de cuidado y protección. Todos podemos cuidar a un menor que necesita apoyo de los adultos para sobrevivir, pero solo Padre y Madre pueden dotar de una cualidad profundamente humana que responde a su propia consitutución personal.

Los seres humanos al momento, justo antes de la “normalización” de estas nuevas propuestas de reingeniería social, nos explicamos por ese encuentro entre Padre y Madre. Este hecho, no implica que la relación con el padre o la madre sea de por sí, y por pura consecuencia biológica, siempre maravillosa y siempre gratificante. Pero el posicionamiento ante la vida, ya sea en presencia o en ausencia, se ha dado en todos nosotros respecto estas dos figuras que son poderosas en términos biológicos pero también culturales.

La riqueza de la paternidad y la maternidad, como experiencias fundamentales de la vida del ser humano, no pueden ser desechadas a componenda de instituir un “nuevo orden social” que asegure únicamente el cuidado y la protección de menores en situación vulnerable (pues es el principal argumento para favorecer la homoparentalidad).

Si la iniciativa de ley se autoriza se creará una diferencia fundamental en la vida cotidiana, los que han vivido y se han nutrido de la experiencia del binomio maternidad/paternidad, y los que han vivido y nutrido de la experiencia de dos cuidadores del mismo sexo que, probablemente le brinden cuidados, no niego que afectos, pero que no pueden contribuir, en razón de la ausencia de la complementariedad sexual, en convertirse en el verdadero origen de la persona y en su verdadera ancla frente a la existencia.

Por combatir la así llamada “discriminación” en el acceso a la institución del matrimonio se pone en jaque la raíz del ser humano en su noción comunitaria, personal y de encuentro. Siempre es más fácil negar la diferencia que pensarla, como ha bien señalado el Papa Francisco; pensar la diferencia y la complementariedad sexual es un ejercicio que tiene sin cuidado a quienes la niegan, es más fácil decir que todo es cultural e impuesto. Ahí el riesgo.

¡Hasta la próxima!