Pecados, comunicador, conferencista, speaker
Comunicación

Los pecados de un ponente

Pecado, Verguenza, Culpa
Cortesía PixBay.Com

Tuve oportunidad de participar recientemente como oyente en una conferencia. Para mí siempre es una experiencia de aprendizaje el hecho concreto de participar con el oído en lugar de la palabra. Me gusta participar en un evento como oyente, como parte de la audiencia, aunque debo decir, no sin cierta sensación de incomodidad, que no he podido en esta ocasión poner entre paréntesis la labor que realizo como entrenador y capacitador de speakers. Observé lo acontecido en dos sentidos; como quien escucha para enterarse de un tema, pero también como quien detecta áreas de oportunidad y fortaleza en quien expone. Desde luego que esta impresiones que ahora pongo a consideración de los lectores no tuve oportunidad de ponerlas a consideración de quien presentó ponencia aquél día. Creo fervientemente que opinión que no es pedida puede representar agresión. Sé de sobra, además, que esta profesión de expositor siempre esconde algo de celo, y recelo, contra colegas que, aunque se tenga la buena intención, tengan por virtud señalar algún defecto. Los expositores tenemos nuestro ego y en ocasiones nos falta entrenamiento para domarlo adecuadamente.

Como dijeran las abuelas, compartiré ahora los pecados pero NO denunciaré al pecador; es decir, respetaré la intimidad y trayectoria del conferencista con la única finalidad de apoyar a aquellos que inician una trayectoria como ponentes o quienes ya consolidados desean encontrar áreas de mejora y que pueden encontrar aquí un “caso de estudio”.

Creo que la principal área de opotunidad que observé, fue la carencia de un sano balance entre la preparación del tema y su ejecución. No dudo del amplio conocimiento del ponente, de su manejo de los conceptos vertidos y del aprecio de la audiencia reunida en torno a la consolidación de información que el ponente ofreció. Esta primera “falta”, muestra de un “pecado de omisión” (lo que pudo hacerse y no se hizo), incluye a su vez tres caídas que te presento a continuación:

Pecados, comunicador, conferencista, speaker
¡Cuídate de la tentación!

 

Conferecista, cuídate de ti mismo. No te confies plenamente, recuerda tu misión: ¡compartir el mensaje!

Podemos notar la vanagloria de un expositor cuando la confererencia o ponencia empieza a diluirse en la biografía de quien la presenta, hasta el punto que la audiencia no puede comprender el tema sin comprender al ponente. No quiero demonizar el que un expositor comparta alguna parte de su vida, algún detalle de su trayectoria. Este es un gran recurso para anclar la atención y para ejemplificar, en algunos casos, de una forma mucho más cercana con quienes nos escuchan. Lo que trato de denunciar aquí como “pecado del conferencista” es que a propósito, se olvide el tema por hablar de sí mismo; este pecado consiste en que quien está frente a grupo deje a un lado lo más importante, el mensaje que se le ha pedido compartir, para “distraer” a la audiencia hacia la “maravilla” de su persona, su experiencia, conocimiento y aprendizaje. Si más del 30% de la exposición el tema central es el propio expositor, empezaremos a notar la incomodidad de la audiencia y será difícil poder hablar de un proceso de comunicación efectiva respecto el tema originalmente planteado. 

La conferencia no debe ser un glosa de tu prolífica obra, hay otros autores, otras referencias que deben consultarse. Aprende la delgada línea de la promoción y el comercial que fastidia.

Este segundo pecado suele ir, como en muchas otras faltas humanas y espirituales, acompañado por el uno previo. La vanagloria, inclusive, nos lleva en directo a este otro nivel de error en la comunicación eficaz. Muchos expositores son también autores de textos, o de materiales de reflexión y preparación para la audiencia y muchos vinculan la actividad propia frente a grupo como un escaparate para “promocionar”, “ofrecer” y/o “brindar” otra serie de servicios o productos. La autoreferencialidad reduce la conferencia a un expositor que constantemente, no ya de su vida personal sino de su actividad profesional, gusta de hacer “eco” respecto libros, materiales, publicaciones, artículos que el mismo ha generado y/o compartido. Todo encuentra, para la audiencia, sentido en el discuro a partir de un expositor que se referencia a sí mismo en otros momentos de su trayectoria profesional. Podría decirse que cualquier duda que surge en el grupo es referida por el ponenente a alguno de sus múltiples materiales previos. “La respuesta a su pregunta está en mi libro “X”, así que en lugar de responder su duda, le invito a que lo compre y lo lea por usted mismo”, “Esto usted lo desconoce, ¡porque no comprado ni leído mi libro! pero no se asuste, ¡todo tiene remedio!, puede aquirirlo hoy mismo al terminar mi exposición y con mucho gusto puedo firmarlo para usted”. Estas dos frases que pongo por ejemplo revelan la delgada línea entre la sana promoción de las proezas personales y los comerciales autoreferenciales. Si alguien ha venido a escuchar al ponente y encontrarse con el tema, y eso recibe, la satisfacción de su necesidad de conocimiento o de profundización, entonces por “añadidura” buscará más de lo que ha recibido. Un conferencista que solo busca vender libros ha olvidado el sentido de su labor frente a grupo. Si causamos como expositores un adecuado “sabor de boca” no debería preocuparnos lo otro, estaría presente en la ecuación y bastaría disponer el material a promocional a la salida del auditorio, antecedida de una rápida mención al finalizar nuestra intervención.

No solo tu expresión oral es importante, brinda sentido y relación a lo que comunicas con tu cuerpo. Considera que toda tu persona debe representar el mensaje que habrás de compartir con la audiencia.

Por último, y no menos importante, es considerar el pecado de que solo la palabra, y su adecuado uso y entonación, son suficientes para “conquistar”a una audiencia en el siglo XXI. Debemos incluir en nuestra intervención deplazamientos, gestos, énfasis, adecuado uso de la voz, balanceado uso de material de apoyo para nuestra presentación y, sobre todo, definir y llevar a la práctica diversos estilos de interacción con la audiencia para evitar caer en el monólogo que obstaculiza la comunicación. Como un gran detalle el comunicador eficaz deberá reconocer que TODO LO QUE REALIZA FRENTE AL GRUPO, desde que ingresa al espacio donde trabajará, aunque no le cedan la palabra aún, contará para anclar la atención o bien para generar distracción. Un buen conferencista, que trate de resistir la tentación de este último pecado, deberá comunicar con TODA su persona, desde que arriba al lugar hasta que se despide, su disposición a “servir” a la audiencia. La humanidad del expositor es evaluada por todos los potenciales escuchas, así como por los organizadores y por las personas que le apoyarán en términos logísticos. Si queremos garantizar un impacto positivo para asegurar una comunicación eficaz, debemos de “prestar” sin reservas toda nuestra persona, así como nuestro conocimiento y preparación, con la finalidad de posicionar en quien nos escucha el mensaje que se nos ha pedido compartir. 

¡Hasta la próxima!