Confidence

Atreverte a confiar




Atreverte a confiar

Atreverte a confiar, no es abandonarte a ciegas en todo lo bueno que representas para ti.

Reconocer la aportación de tu intuición y tu percepción, ante un desafío, puede representar la diferencia entre quedarte inmóvil o conseguir tus objetivos.

Te contaré una historia reciente

Como algunos lectores saben, por la publicación reciente de mi itinerario editorial 2019, pasamos en familia algunos días en Zapopan, Jalisco. Fueron buenos días; verdaderamente descansamos y aprovechamos bien el tiempo, a pesar del frío que había por esos días, para nuestra convivencia familiar.

Paseamos un poco, visitamos a la Virgen, conocimos diversos lugares y comimos estupendamente. Todo marchaba bien y pintaba para mejorar.

Tan a gusto la pasamos, que decidimos hacer un viaje más largo para ir desde Zapopan hasta Xalapa, cruzando un buen trecho de país el último día del año, y alcanzar a nuestros padres y abuelos para cenar todos juntos con nuestros hijos.

Calculábamos un aproximado de 8 horas de viaje que dividiríamos en dos tantas de 4 horas, pensando comer algo por el camino en el intermedio de la ruta. Salimos a buena hora, con el combustible suficiente para llegar a la altura de Morelia y poder recargar para el resto del trayecto.

Cuando el desabasto nos alcanzó

No teníamos ni la menor idea del desabasto de gasolina que iniciaba el último día del 2018 su ruta de amenaza para los viajeros y habitantes de 8 estados del país, y que se ha mantenido en las semanas recientes como un tema más que preocupante.

Compadezco a cada una de las personas que ha visto su vida trastocada, pues por un lapso me ví, junto con los míos, en la misma situación. Y no alcanzo a imaginar lo que significa para muchas familias, en su vida diaria, esta complicación que paraliza más de una posibilidad no solo de movilidad sino de “funcionamiento” en pleno siglo XXI.

Poco antes de llegar a la primera salida a Morelia, consideré que no nos ajustaría lo que nos quedaba para llegar a la gasolinera más cercana (aproximadamente a 60 km de donde nos encontrábamos) y que era preferible salir de la pista para recargar; así lo hice y no supe lo que venía, pero algo me decía que debía hacer caso a esa intuición.

¿Decisión acertada?

Después de poco más de 50 km, ya estábamos en las afueras de Morelia con la reserva haciéndome señas presumiendo su escasez y para mi alivio, encontramos una gasolinera. Pero solo fue simulación. El empleado nos informó que no tenían combustible, al observar con cuidado vimos botes tapando los accesos a las bombas. La pipa no había surtido y no había manera.

Había otra gasolinera más adelante, según nos dijo el señor que se veía cansado de decir lo mismo desde hace tiempo, así que nos aprestamos a seguir. La reserva, al llegar a ese primer punto nos indicaba 5 km, al volver a retomar el camino se declaró con orgullo en 0 km y nos dejó atónitos tratando de hacer rendir lo que nos quedaba unos cuantos metros más.

Del otro lado vimos con alegría el símbolo de Pemex, llegamos a un retorno, regresamos unos cuantos metros y alcanzamos un segundo punto. Y lo hicimos para descubrir que había sido en vano la alegría temporal experimentada. Tampoco había combustible, también no había llegado la pipa y de igual forma, nos dijeron que había otra gasolinera más adelante y que a lo mejor ahí sí había.

Un hombre, que había alcanzado los últimos 5 litros de una bomba y estaba por seguir su camino, me propuso en voz muy baja y sugerente comprarle un galón de 40 litros en 1,000 pesos. El asunto era sencillo, debíamos conducir para salir de la gasolinera, continuar por el camino, y ahí se haría la transacción. Había algo en la mirada y en la actitud del hombre que alejó de mí cualquier tentación de acceder a la propuesta.

Así que, dejando pasar esta alternativa, busqué la forma de resolver el inconveniente.

Un viaje dentro del viaje

Alguien entonces dijo que efectivamente en la gasolinera más cercana se había surtido combustible recientemente, así que el plan quedó trazado. Era necesario salir a buscar, ante la indiferencia de los empleados que, estoy seguro, sabían que podían obtener algo más de las bombas si lo quisieran.

Alcancé a conseguir entonces un galón vacío, prestado a resguardo mi dinero de regresarlo después de emplearlo; sería la valiosa herramienta que me serviría de mucho para poder resguardar mi búsqueda si la encontraba; dejé el auto y a mi familia y me dispuse a salir a hacer frente a nuestra circunstancia.

En el breve trayecto, entre la gasolinera de nuestra alegría frustrada y la de la débil esperanza que aún no conocía, no dejaba de pensar en que había cometido un terrible error.

Me recriminé con fuerza por el hecho de no ser valiente y de no seguir a la otra gasolinera sobre la pista; no dejaba de decirme que ahí, seguramente por estar en ruta, no podría haber desabasto.

Comenzaba a pesar en mí la preocupación de la experiencia de mis hijos y mi esposa frente a esta decisión incorrecta que había experimentado. Había muchas probabilidades de ser el causante de un terrible fin de año para la familia, la decisión la tomé y yo y tenía que cargar con ese peso. Y suelo ser un juez duro e implacable.

En esas, y otras pintorescas frases mentales, estaba cuando se divisó la nueva gasolinera después de pasar al costado de una fila de autos que, seguramente, estaban esperando también algunas gotas que no los hicieran morir de sed.

Un líquido preciado, como el oro

Al llegar encontré no poco desconcierto, mucha gente en espera, y nos dieron la indicación, como a todos, de aguantar y ver si alcanzábamos lo que había. Algunos decían que ya no quedaba, otros se quejaban en voz alta, algunos más peleaban entre sí y con los encargados del establecimiento.

Hice grupo con una pareja que, sin darme cuenta, también había tomado el camión de transporte público para tratar solucionar el inconveniente. A pesar de la complicación del momento, con gente molesta e irascible, tomamos un lugar en la fila con nuestro auto imaginario de 2 piernas, dos por cada lado del fuselaje invisible, y esperamos pacientemente poder ser surtidos como los demás.

Me preocupaba que no alcanzáramos, pues las filas ya ocupaban buena parte de la carretera y el conflicto de tránsito era inminente; amén que la situación había rebasado completamente al personal de la estación quienes, como podían, trataban de surtir y de mantener la compostura ante clientes sedientos de combustible no siempre amables y comprensivos.

Gracias a la rápida decisión de no dejar pasar más tiempo y salir pronto en búsqueda, después de un rato de hacer bulto con mi michoacano aliado y soportar el sol, conseguimos nuestro objetivo. Él poco más de 8 litros y yo solo 11. Me alivió pensar que nos daría impulso, y nos permitiría desplazarnos otros 110 km. Constaté entonces que lo verdaderamente importante, como he dicho antes por aquí, es avanzar.

Emprendimos el regreso, con el valioso cargamento y esperando no encontrar más complicaciones; ya en la gasolinera, mi esposa y yo, ya con la garrafa llena de esos valiosos litros, pasamos por la odisea de disponer el combustible en el tanque sin mediar un embudo e improvisando la manera procurando no perder demasiadas gotas en el trance.

Sorpresas que da la vida

Regresé la garrafa salvadora y listos para lo que viniera, decidimos continuar. Habíamos perdido algunas horas y me dolía haberle robado tiempo a mi familia.

Volvimos cautelosos, tratando de no apretar la marcha para gastar lo poco que teníamos, sobre nuestros pasos para retomar la autopista.

Debo decir que fue imponente ver con la luz de esa hora del día laguna de Cuitzeo, que se abrió de repente en el horizonte frente a nosotros; esto de alguna manera me consolaba un poco. Pero veía cómo, sin piedad, el marcador de kilómetros se movía en nuestra contra.

El tanque vacío que de repente había recibido algunos litros, daba la impresión de ofrecer más rendimiento del que yo encontraba en la ruta. Tendríamos ya, al tomar la pista, para no más de 80 kilómetros y aún había tramo para salir de Michoacán que, según nos habían dicho, era como el epicentro del desabasto por las supuestas fallas de la refinería de Salamanca.

Decidimos que no teníamos otra alternativa que buscar llegar a la gasolinera, esa originalmente considerada, en la ruta inicial.

Con no poca emoción contamos los kilómetros para alcanzarla, y al llegar descubrimos el mismo inclemente panorama que habíamos constatado en Morelia.

Botes en las bombas, coches paralizados, gente acarreando garrafas, botellas, mangueras, buscando dónde abastecerse en medio del camino, a la orilla de la nada. Pensé, por un momento, que no tendría de otra que buscar a los amigos del huachicolero aquél que quiso tentarme en Morelia.

Nueva intuición

“¿Y si intentamos a llegar a Maravatío? ¡Es preferible llegar allá que quedarnos aquí, a ver si en algún lado se consigue más combustible!”

Lo pensé más rápido de lo que lo dije, y ahora, de lo que lo escribo. Era el municipio más cercano, casi en el límite entre Estado de México y Michoacán, y cabía una mayor posibilidad de encontrar ahí la manera, si bien no de continuar sí de pernoctar en dado caso con mejores condiciones.

Lo comentamos en familia, y dejando la hecatombe que se cernía sobre aquella estación de servicio, que representaba una falsa promesa desde el principio de esta pequeña odisea, decidimos invertir la gasolina restante en tratar de impulsarnos de nueva cuenta.

Fueron tensos los últimos kilómetros del trayecto, la reserva apareció de nuevo con su luz amarilla en el tablero, nos regalaría, supuestamente su promesa, otros 15 kilómetros. Y Maravatío estaría aproximadamente a 12. Así que podríamos aún llegar, si no teníamos alternativa, al centro de la pequeña ciudad.

Nuevo anuncio de estación, nueva expectativa. Y por feliz coincidencia, fue posible llenar el tanque pagando con el poco efectivo del que disponíamos, al enterarnos que no podríamos pagar mas que por ese medio. Entregué los billetes con una alegría inusual al pagar por un producto o servicio. Realmente éramos afortunados, dentro de todo, habíamos perdido algunas horas pero no la posibilidad.

Pudimos continuar con el viaje, y después de poco más de 11 horas, nos alistamos para la cena de fin e inicio de año, en Xalapa, a más de 820 km de nuestro punto de salida.

Atreverte a confiar

Esta historia me ha enseñado, no en solo una ocasión sino en tres momentos importantes, lo necesario que es concentrar la atención hacia dentro de uno mismo y poder reconocer la intuición, no de la adivinanza, sino de la percepción que puede ayudarnos a no quedarnos detenidos y a buscar resolver los imprevistos del mejor modo posible.

El “error de Morelia” había sido nuestro salvavidas en medio de la situación, a la que éramos ajenos completamente. Si bien es cierto, corrimos con suerte, los pasos dados marcaron una diferencia que representó para nosotros solo una pérdida de tiempo y algunas presiones emocionales, pero nada más allá.

Esta experiencia me ha ayudado a no apresurarme al juicio y a esperar, el tiempo necesario, antes de recriminarme a mí mismo. Debo poner en práctica la paciencia de entender que no todo está resuelto en el momento y que, a pesar de los temores, hay que aprender a confiar en nuestra intuición pues la mayoría de las veces puede ser acertada.

A fin de cuentas, atreverte a confiar, no significa abandonarte a ciegas en tus “grandes potencialidades, habilidades o capacidades”, sino en reconocer que en ocasiones el buen juicio te asiste y seguirlo puede ser la mejor de las indicaciones en el camino de tu desarrollo personal.

Y tú, ¿qué necesitas hacer para atreverte a confiar en ti con mayor regularidad?

¡Hasta pronto y hasta siempre!

SobreHéctor Sampieri

Conferencista, Coach y Mentor de Comunicadores Eficaces. Ayudo a personas y organizaciones a capitalizar su experiencia en beneficio de su desarrollo.

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