Cómo reconocer una conversación difícil

Sabemos el problema que representa en ocasiones comunicar de forma efectiva. Si bien hay situaciones que exigen más o menos de nosotros, dentro de la interacción interpersonal en el mundo personal y profesional, es posible que aprendamos a reconocer en el día a día diálogos o conversaciones que se presentan como un esfuerzo adicional que debemos realizar. Existen abordajes comunicativos más exigentes, donde nuestra atención, disposición y autogestión, se precisa de manera adecuada para salir “bien librados del encuentro y diálogo con el otro.

Hoy te propongo, con la finalidad de que puedas reconocer internamente si esto ocurre, cinco aspectos a considerar para evaluar si una conversación es más compleja que otra. Si detectas que sí es una conversación que requiere más de ti mismo, habría que dedicar entonces más tiempo a la reflexión y preparación que redunde en eficacia y satisfacción. Veamos:

1. Desafío. El solo hecho de pensar en que debes comunicarte con alguien para abordar un asunto en concreto agrega considerable tensión a tu vida. ¡Te preocupa mucho el resultado y consideras que no tienes la capacidad de asumir este reto concreto! El desafío suele paralizarnos. Vemos tan lejana la victoria y desconfiamos tanto de nosotros mismos que caemos en la pasividad. Rehuimos el diálogo pendiente para los momentos en que nos experimentemos menos tensos y ansiosos.

2. Confusión. Puede ser también que nos preocupa demasiado la conversación a realizar porque no identificamos cuál es el objetivo, la verdadera finalidad del diálogo con el otro. La claridad se encuentra ausente, nos experimentamos desorientados apenas consideramos la posibilidad de la conversación. Pareciera no haber una respuesta posible al resultado pretendido, dejamos de considerar el contexto, los antecedentes del problema o situación a resolver, y nuestra mente está fija en que tenemos que conversar pero no encontramos la ruta para iniciar. Las emociones negativas que se suscitan en ti, a partir de considerar el diálogo posible, generan un estado cognitivo de incomodidad y rechazo. El enojo, la ansiedad, la preocupación, el miedo, se transforman en la densa niebla que se instala en nuestra mente y que nos impide ver él camino a recorrer.

3. Resistencia. Asumiendo que en este desafío no hay claridad posible, y el resultado pretendido es tan poco probable, comenzamos a negarnos siquiera a la posibilidad de la conversación. Colocamos mil y un pretextos; todas las razones para evadir el diálogo nos parecen justas y suficientes. Quisiéramos simpleza y facilidad y al encontrar complejidad y exigencia nuestra motivación brilla por su ausencia. Entonces el panorama se obscurece, las fuerzas de la voluntad tocan retirada en nuestra batalla interna, entregando la posición de estrategia a lo peor de nosotros mismos. Cerramos la puerta al diálogo y colocamos más cerrojos para asegurar que no pueda abrirse, ni por dentro ni por fuera.

4. Transferencia. Es entonces cuando aparece entre nosotros la posibilidad de disponer de un mensajero. Alguien a quien, desde la rendija de interés, que ha quedado en esa puerta cerrada a piedra y lodo, podamos entregarle el mensaje para que lo proporcione a quien debe recibirlo. “Anda, ve y dile esto”. Cómo nos resistimos tanto a la posibilidad de ser protagonistas exitosos del diálogo a sostener, buscamos a alguien que, asumiendo cierta representación, haga lo que nosotros debemos hacer. Buscamos a quien transferir, inútilmente habría que decir, nuestra responsabilidad. Que sea otro el que cargue con aquello que no he podido manejar, que sea otro el que se encargue. Ello tendrá consecuencias, pero somos incapaces de determinar siquiera dicha posibilidad.

5. Descarte. Por último, al asignar ineficazmente a un mensajero, que nunca sustituirá nuestra manera de ser y nuestra posibilidad de éxito al 100%, tendemos a considerar que realmente la conversación no era en sí misma ni compleja ni necesaria. Buscamos minimizar entonces la relevancia y el éxito posible del diálogo. “Me preocupé de más, esto no era importante”. Y es que si cualquiera, y no tú, con lo que se exige a la propia vida, puede decir lo que debe decirse es que entonces efectivamente no es tan relevante desde tu perspectiva.

Si encuentras en tu reflexión, algunas de estas pistas, te dejo algunas preguntas que pueden ayudarte:

1. ¿Cuál es la finalidad del diálogo a realizar? ¿Qué deseas conseguir?

2. ¿Cuáles serán los beneficios para ti, y para tu interlocutor, si la conversación es exitosa?

3. ¿Qué esfuerzo deberás realizar, y cuál será el de tu interlocutor, para asegurar el éxito de la conversación?

4. ¿Desde que perspectiva ambos contemplan la situación? ¿Qué significa para cada uno esta conversación?

5. ¿Qué contexto o escenario particular debe considerarse de ambas partes para lograr una conversación productiva?

6. ¿Cuál es el costo de no realizar la conversación o de posponerla indefinidamente?

Si a pesar de las preguntas anteriores, consideras que aún no te sientes lo suficientemente preparado para esa conversación difícil: ¡puedo ayudarte! Tendremos muy pronto, con mi comunidad virtual, nuestro tercer taller 100% Online en este 2021. Participa en este evento y aprende a preparar, con estrategia y valor agregado, una conversación difícil que eleve la posibilidad de tu eficacia y el logro de tus objetivos.

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Acerca de Héctor Sampieri

Conferencista, Coach y Mentor de Comunicadores Eficaces. Ayudo a personas y organizaciones a capitalizar su experiencia en beneficio de su desarrollo.

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